Cuento

Ocho hermanos

Una pieza narrativa de atmosfera rural, una casona antigua, hermanos criados en el campo y una escena final atravesada por el silencio, la pérdida y la memoria.

Ilustración vintage de campo, casona e higuerón

Video del relato

Amanecía en el campo, ya se podía sentir en los ruidos de los bichos madrugadores, que iba calentando el sol, y ese olor a campo, mezcla de pasto, bosta y barro. Y el rocío que lo cubre todo, realzando los aromas aún más.

Bien lejos, adentro de esas tierras, está el casco de la estancia, que rompe el llano con una muralla antigua abarrotada de plantas. Pisos de tierra apisonada alrededor de largas galerías despintadas, gordos maderos sin memoria coronan el techo en donde descansan esos ladrillones antiguos. Toda la casa era un poema olvidado en la arbolada. En sus paredes colmadas de infinitas manos de cal, conviven las arañitas, las hormigas y algunos cuadros desparramados de la familia. Asoma el alba en el campo y todos acuden a su labor, las mujeres con la harina, el fuego y el tizón, los hombres con el rebenque, la espuela y el obrador.

Ocho hermanos eran en el campo, no se sabe con certeza cuándo falleció primero ella, la madre y después el padre…sin fecha y sin lápida, descansan en el cantero principal, donde brotaron como pastos a orillas del higuerón. Los hermanos nunca salieron del campo, madre les enseñó a duras penas a escribir sus nombres y a contar las vacas, como todo buen peón.

Sus nombres eran de calendario y su alma de arroz, acostumbrados a andar en patas, con el cuero curtido del talón, después de largas horas de trabajo bajo el sol, las tardecitas eran de caña, mojarritas y lombriz, desparramados a orillas del riacho o a veritas del zanjón.

Besando la noche llegaba el vino y las cartas, que ayudaban a pasar las largas tardes en el campo, los hermanos se volvían bravos, no conocían patrón, en una de esas noches algo sucedió, lo impensado en una discusión cualquiera, por cualquier razón, uno empuñó el cuchillo, el otro un machete, eran el mayor el más chico. Abalanzándose sobre su hermano, no titubeó y lanzó un zarpazo certero al costado y sin dolor, en un minuto eterno el tiempo se paralizó, los pajaritos y los bichos también se volvieron mudos y un silencio aterrador se apoderó del campo. Se miraron bien cerca, tan cerca que podían sentir su aliento empañando el aire y pudieron reconocerse luego de ese ataque feroz, ya era tarde para el más chico, un lago rojo lo rodeó y también sus hermanos sangraron de dolor.

Amanece en el campo viejo, hoy el sol no calienta, los bichos no dan su son, hoy parece que silencio se durmió en la casona, parados como estatuas, siete hermanos rodean el cantero, donde ahora yace el menor junto a los dos viejos y el higuerón.

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