El premio mayor
Los días pasaban alegremente para esos hermanos, a pesar de vivir a las sombras de un padre estricto, a pesar de una madre lejana en perenne labor. Eso no importaba. ¡Había que hacer las tareas! Barrer, cocinar, lavar los platos, cortar el pasto… todo tipo de quehaceres; para ellos era algo habitual. El premio mayor llegaba en esas siestas eternas, cuando los grandes dormían, cuando podían jugar sin tiempo en el patio, que se transformaba en un reino de hadas, palitos y amor.