Sentada en una modesta silla, yace inmóvil esa viejita diminuta; sus manos mustias dan cuenta de una larga vida, y esos párpados pesados aún tienen ganas de abrirse; mira impávida hacia afuera por esa ventana tan vieja como ella. Afuera están la luz, los pajaritos, el olor a pasto y claro, su fiel compañera, su mascota y confidente, su perrita. Y las horas son eternas en ese campito lejano, donde yacen una vieja, un perrito y el vasto campo; qué suerte la de ella de tener aún intactos los recuerdos y viajar lejos sentadita en una silla de madera.
De entre tantas historias, la más triste es la de su madre y siempre la cuenta así…Había una vez un importante hombre de sangre española, un hombre severo y recto, un hombre de ley, un abogado, un juez quizás…la viejita hace sentir con su tono de voz, que ese hombre pertenecía a un estatus elevado ¡que tenía clase! y vivía en algún lugar del vasto país.
Este caballero elegante se enamora de una muchacha, que a pesar de su belleza y extrema dulzura, era pobre, ignorante y jamás podría pertenecer a su mundo. De este amor tormentoso nacen dos niñas, hijas naturales, consignó algún agente en la ajada hoja del certificado de nacimiento. Él no las reconoció, sin embargo, a esa bella mujer no le importó.
En esos tiempos de antaño, era común enfermar y ella así lo hizo, enferma gravemente de tuberculosis, la muerte llegó sin demoras y esas niñas aún pequeñas quedaron a la deriva.
Alguien cercano contactó al hombre de sangre española…y le dijo: su madre ha fallecido, queremos decirle señor, que aquí tiene a sus dos niñas; ¡ocúpese por favor! El hombre apesadumbrado, no dudó, no podía arriesgar su honor, nadie, absolutamente nadie podría saberlo, debía esconder a esas dos.
Y el plan más macabro se gestaba en la cabeza del hombre, entregar a sus dos niñas a otras familias, y si Dios quisiera, tendrían una larga vida. Fue así que en circunstancias que quedan libradas a la imaginación, se desprendió de su sangre y en una ridícula esquela plasmó su breve legado de no tanto amor: nadie puede reclamarla, se la doy…
Aquí inicia la otra historia de esa niña bonita, su madre, en el seno de otro hogar de origen español, alejada de su hermanita, con esos otros que fueron su familia, pero en realidad no. Atrás quedaron ese nombre que trajo y esos recuerdos, en la casa tomó el nombre de su madre nueva y así se llamó.
Y esa viejita mustia, sentadita en el sol, la recuerda de a ratos, esa triste historia de no amor, pero que al fin y al cabo forjó quien es hoy.